Hay historias que llegan con una dulzura inesperada. Esa tarde, entre nuestros mates artesanales, mezclas frescas de hierbas naturales y el aroma suave del té artesanal, vimos a un niño entrar tomado de la mano de su madre. Tenía ocho años, ojos enormes y una curiosidad que parecía iluminar el stand entero. Se llamaba Simón.

Un Niño Distinto

Simón no miraba los mates como objetos. Los observaba como si fueran animales dormidos. Pasaba la mano por la madera, tocaba las bases, olía los pequeños poros como quien intenta descubrir un secreto.

“Él puede sentir las plantas”, dijo su madre con una mezcla de orgullo y timidez. “Siempre supo distinguir hierbas por el aroma. Hasta reconoce cuando una mezcla está triste.”

Esa frase nos descolocó. Pero cuando uno trabaja rodeado de mates, yerbas, aromas y energía, sabe que estas cosas no son tan extrañas como parecen. La sensibilidad de los niños muchas veces toca ese borde fino donde la intuición y la magia del caos se mezclan sin pedir permiso.

El Mate que Susurraba

Simón empezó a revisar la estantería baja, donde estaban los mates más pequeños, pensados para manos jóvenes o rituales más íntimos. De repente se frenó frente a un mate de palo santo, pequeño, suave, con un dibujo circular grabado en la base.

Lo tomó con ambas manos y dijo en voz bajita:

“Mamá… este mate está hablando.”

La madre se agachó con paciencia. “No está hablando, Simón… debe tener olor fuerte.”

Pero nosotros, que estábamos cerca, sentimos ese escalofrío suave que aparece cuando algo es más que un simple gesto infantil. Simón cerró los ojos, apoyó la oreja en el mate y repitió:

“Dice que está esperando… que quiere empezar.”

Hubo un silencio hermoso. Uno de esos silencios que se sienten, más que escucharse.

El Ritual del Primer Mate

Preparé un blend especial para él: una mezcla muy suave de yerba mate seleccionada, melisa, menta dulce y un toque mínimo de manzanilla. Un mate que acompaña, calma y abre puertas sin empujar demasiado.

Le cebé su primer mate —tibio, como corresponde cuando se inicia a un niño— y Simón lo tomó con una seriedad sagrada.

“Está contento ahora”, dijo sonriendo. Y después agregó:

“Dice que yo también tengo que acompañarlo.”

Lo Que Solo Ellos Dos Entendían

Su mamá nos contó que Simón había tenido un año difícil: noches sin dormir, miedos nuevos, cambios que lo habían dejado más sensible. “Creo que este mate le está diciendo algo que yo no pude”, confesó con los ojos brillosos.

Simón siguió tocando el mate como si fuera un pequeño corazón latiendo.

“Es para mí —dijo—. Dice que tengo que cuidarlo.”

Y la convicción fue tan pura, tan honesta, que nadie dudó.

La Señal Que Confirmó Todo

Apenas su mamá decidió llevarse el mate, ocurrió algo sutil pero innegable: un saquito de té de lavanda —que estaba bien apoyado— se deslizó hacia adelante y cayó en la mesa. Simón lo miró y dijo:

“Ese también quiere venir.”

No sé si fue casualidad. No sé si fue energía. Pero en ese momento, los tres sentimos lo mismo: el mate, el té y el niño estaban conectados.

El Camino de Simón

Antes de irse, Simón me pidió que le dijera un secreto del mate. Yo le sonreí y le respondí:

“Los mates cuidan a quienes los escuchan.”

Él asintió como si ya lo supiera desde siempre. Y se fue abrazando su primer mate con un amor silencioso, de esos que no necesitan explicaciones.

En Mate y Tea entendimos ese día algo que muchas veces olvidamos: que los mates no eligen edades, sino corazones atentos. Y que a veces, el primer mate llega justo cuando el alma más lo necesita.