Algunas tardes en la feria parecen venir cargadas de un aire distinto, como si algo estuviera por revelarse. Esa tarde, entre nuestros mates artesanales, blends de hierbas naturales y el murmullo suave del público, apareció un hombre de paso lento y mirada ausente. Se presentó como Julián, aunque su voz temblaba apenas. No sabíamos que traía consigo una de esas historias que dejan huella.
Cuando el Mate se Convierte en un Refugio
Julián se acercó al stand sin mirar demasiado. Pasó la mano por los mates de algarrobo, de madera de naranjo, de calabaza, como si buscara algo que no sabía nombrar. Luego apoyó suavemente un mate viejo sobre nuestra mesa. Estaba gastado, con manchas de tiempo y un borde ligeramente rajado.
“Este era el mate de mi viejo”, dijo sin levantar del todo la vista. “Desde que se fue, no pude volver a tomar un mate como antes.”
A muchos nos pasa: el ritual del mate guarda vínculos invisibles. A veces se vuelve compañía, otras silencio, otras memoria. A veces es una manera de sostener lo que ya no está.
Un Mate que Conservaba un Latido
Julián tomó el viejo mate entre las manos. “Intenté reemplazarlo, pero ninguno me habló igual”, dijo. La frase nos quedó resonando a todos. Porque quienes compartimos la cultura del mate sabemos que cada mate tiene su energía, su carácter, su historia.
Mientras lo escuchaba, sentí ese leve estremecimiento en el aire. No era frío. No era viento. Era esa alineación extraña, casi imperceptible, que aparece cuando una historia está por revelarse. Esa magia del caos que uno aprende a reconocer con el tiempo.
El Mate que lo Estaba Esperando
Le ofrecí a Julián uno de nuestros mates de calabaza artesanal, trabajado por un artesano del norte. Apenas lo tocó, su respiración cambió. “Este… este se siente familiar”, dijo. No lo dijo con alegría, ni con sorpresa. Lo dijo como quien reconoce una parte de sí mismo que creía perdida.
Le cebamos un mate con nuestro blend “Raíces del Camino”, una mezcla de yerba seleccionada, burrito y un toque de hierbas nativas.
Cuando probó el primer sorbo, cerró los ojos. No habló durante varios segundos. Y cuando los abrió, tenía lágrimas sin caer.
La Historia que Guardaba su Silencio
Nos contó entonces que hacía años que no tomaba un mate con nadie. Que su padre era quien lo había iniciado en el ritual. Que habían compartido cientos de mates al atardecer, cerca del río, hablando de nada y de todo.
“El día que él se fue, guardé el mate. Nunca más pude cebar uno sin sentir ese vacío”, confesó. Pero ese día, en medio de la feria, con un mate nuevo entre las manos y un blend que parecía elegido para él, algo se aflojó por dentro.
El Retorno
“Creo que estoy listo para volver”, dijo finalmente. No sabíamos si hablaba del mate, de la vida, o de las dos cosas a la vez.
Compró el mate. Pero antes de irse, apoyó su mate viejo sobre la mesa. “Este queda acá. Que le dé fuerza a algún otro que la necesite”, dijo.
Cuando lo tomé, sentí una tibieza que no pude explicar. Una vibración suave. Quizás memoria. Quizás energía. Quizás ese orden extraño y sutil que aparece cuando las historias necesitan continuar.
Cuando un Mate Hace Volver a Casa
Julián se fue con paso más firme y un mate nuevo en la mano. Nos saludó con una sonrisa pequeña, pero verdadera.
Ese día entendí que, a veces, el ritual del mate no solo acompaña: también devuelve. Devuelve fuerza, devuelve calma, devuelve identidad. Y que algunos mates —los viejos, los nuevos, los que llegan en el momento justo— guardan una magia que no hace ruido, pero que siempre actúa.
